Jesús lava los pies de Sus discípulos
Juan 13: 2-20
Alrededor de las 7 pm del viernes por la noche, el 15 de Nisán
Jesús lava los pies a Sus discípulos ESCUDRIÑAR: ¿Cómo cree usted que era el ambiente en esta comida? ¿Qué sentimientos tenía Cristo hacia Sus discípulos? ¿Cómo mostró Jesús Su amor por Sus amigos? ¿Cuál fue la reacción inmediata de Simón Pedro al ser servido por Yeshua? ¿Por qué le costó a Pedro aceptar el servicio del Mesías? ¿Qué impacto a largo plazo cree que tuvieron las acciones de Jesús en los apóstoles? Judas ¿fue salvó? ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo cambió el falso apóstol a lo largo del ministerio de Cristo?
REFLEXIONAR: ¿Cuándo le ha inspirado el servicio humilde de un creyente? ¿Cuáles son algunas de las recompensas de servir a los demás? ¿Por qué es importante que los creyentes tengan comunión entre ellos? ¿Cómo le afecta ver a personas sirviendo a Dios con humildad? ¿Cuándo le ha resultado difícil aceptar la ayuda de un hermano en la fe? ¿Por qué? ¿Qué puede hacer usted para servir a los demás?
En la noche en que Yeshua fue traicionado, el Señor dijo e hizo muchas cosas. Pero Se mantuvo enfocado en el mensaje y la tarea. Él estaba a punto de mostrarles a Sus apóstoles cuánto los amaba muriendo por ellos. Pero, antes de eso, les demostraría cuánto los amaba de una manera sencilla, práctica y profunda.
Después de la primera copa de vino, solían lavarse las manos. Normalmente, una madre, una hija o una sirvienta rodeaba la mesa con una palangana grande y una jarra de agua. Esta es la práctica judía del netilat yadayim, o el lavado de manos. Cada invitado, según el ritual, debía colocar las manos sobre la palangana y la madre, hija o sierva vertía agua sobre ellas. Se secaban las manos y se pasaba perejil mojado en vinagre. Después, si se seguía el ritual, Cristo partía el primer trozo de pan sin levadura en un plato delante de Él.
Y durante la cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, sabiendo que el Padre le había puesto todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba (Juan 13:2-3).
Pero después de observar la actitud egoísta de Sus apóstoles (vea Lucas 22:24) tras beber la primera copa de santificación, Jesús cambió el guion y les dio a ellos una lección sin decir palabra. Francisco de Asís dijo una vez: «predicad el evangelio en todo momento, y si es necesario, usad palabras». Así que aquí, Yeshua hace algo diferente y asume el papel de siervo. No solo un siervo que lava las manos, sino un siervo que se esfuerza al máximo y lava los pies de Sus talmidín; proporcionando así un ejemplo viviente de la importancia de servir en el Reino del Mesías. El siervo de todos (Marcos 9:35) se incorporó y, en lugar de mantener Sus manos sobre la palangana, se puso de pie y tomó la palangana, el agua y la toalla del sorprendido siervo asistente.
Los Doce quedaron tan conmocionados que no dijeron nada. En consecuencia, Cristo, observando los rostros sorprendidos del aposento, se levanta de la cena, pone a un lado el manto, y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en el lebrillo y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido (Juan 13:4-5). Él se arrodilló ante uno de los apóstoles, le desató y quitó las sandalias, y luego levantó con cuidado su pie y comenzó a lavarle y secar los pies con agua tibia.

Luego, en silencio, Él pasó al siguiente y al siguiente, para el asombro de los discípulos. Uno a uno, un pie sucio tras otro, el Rey del universo recorría la mesa. Las manos que moldearon las estrellas ahora lavaban la suciedad. Los dedos que formaron las montañas ahora masajeaban los dedos de los pies. Y Aquel ante quien un día se arrodillarán todas las naciones, se arrodilló ante Sus talmidim. Él Lavó y secó los pies de los doce apóstoles, incluyendo a Judas. Pero Jesús, el cual, existiendo en forma de Dios, no quiso por usurpación ser igual con Dios, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo al hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:6-8). Horas antes de Su muerte, su preocupación fue singular. El Señor quería que Sus apóstoles supieran cuánto los amaba. Más que quitar la suciedad, Él quitó la duda.1382
Para entonces, los hombres habían encontrado su propia voz y, así como anteriormente habían abogado por el asiento más cercano al Hijo de la justicia, ahora argumentaban con la misma pasión que no era apropiado que el Señor y Maestro de ellos se arrodillara ante ellos y les lavara los pies.

En el Séder de hoy, tras el lavado de manos o pies, cada uno toma un trozo de verdura verde. En la mayoría de los casos es perejil. Se moja en agua salada y luego se come. El agua salada representa las lágrimas del pueblo judío en Egipto. Por eso la segunda copa de vino se llama la Copa de las Plagas y no se menciona en la Biblia. Se derraman diez gotas por diez plagas. Se supone que beber vino es un símbolo de alegría, y hay una ley judía que prohíbe regocijarse por las desgracias de los demás, incluso de sus peores enemigos. Por lo tanto, estas diez gotas de vino son una señal de duelo. El propósito de la ceremonia en particular es servir como recordatorio. El color verde es el símbolo de la primavera y la primavera es un símbolo de la juventud. Esto es para recordar a los judíos cuando eran una nación joven, en la primavera de su nación. Los Salmos 113-114 se cantaban después de la segunda copa de vino. El resto del Hallel, los Salmos 115-118, se cantaba después de la cuarta copa.1383 El Hallel era una colección de canciones cantadas en las grandes fiestas de Israel: Pascua, Semanas y Cabañas, así como en otros días sagrados.
Finalmente, llega, pues, a Simón Pedro. Le dice: Señor, ¿Tú me lavas los pies? (Juan 13:6), como una protesta enérgica. Literalmente: «¿Acaso alguien como tú va a lavarle los pies a alguien como yo?». Jesús tranquilizó a Su discípulo diciéndole que el significado del lavamiento —y de toda la velada, en realidad— se aclararía con el tiempo: Respondió Jesús y le dijo: Tú no entiendes ahora lo que Yo hago, pero lo comprenderás después de estas cosas (Juan 13:7). Pero Pedro protestó de nuevo diciendo: ¡No me lavarás los pies jamás! Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo (Juan 13:8a). A primera vista, Pedro parece humilde, como si dijera: ¡Oh, Señor, yo debería lavarte los pies a ti! Pero no era ese su significado. Era pura soberbia que se niega a aceptar la gracia de otro, la clase de soberbia que no se muestra vulnerable ante los demás. Si Pedro tenía los pies sucios, ¡se encargaría de lavárselos él mismo! “No necesito ninguna caridad, muchas gracias”1384
Pero Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo (Juan 13:8b). Le dice Simón Pedro: ¡Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza! (Juan 13:9). Pedro cambió de opinión. Es como si dijera: “bueno, si ese es el caso, ¡adelante, báñame!”. En circunstancias normales, esto habría traído una sonrisa al rostro de Yeshua, pero el tiempo se agotaba y el Maestro tenía mucho que enseñar esa noche. Este no era momento para sonreír. Jesús le dice: El que ha sido bañado no tiene necesidad de lavarse sino los pies, pues está todo limpio; y vosotros estáis limpios, aunque no todos (Juan 13:10). Todos ellos asintieron en señal de aprobación.
La división de levitas que vigilaba la noche en el Templo debía estar lista en todo momento para recibir al capitán de la guardia. No solo debían estar despiertos, sino que debían haberse bañado previamente y estar listos para ir al Salón de las Piedras Pulidas, donde se reunía el Sanedrín para echar suertes para el servicio de ese día (vea el enlace haga clic en Ak – El nacimiento de Juan el Bautista anunciado). El principio era que nadie podía entrar al atrio de los sacerdotes a servir (aunque estuvieran limpios), a menos que se hubiera bañado. Un pasadizo subterráneo, iluminado a ambos lados por lámparas de aceite, conducía a las habitaciones bien equipadas donde los sacerdotes se sumergían en agua. Después de eso, no necesitaban lavarse de nuevo ese día, excepto sus manos y los pies, lo cual debían hacer cada vez que iban a servir al Templo. Fue por esto, sin duda, por lo que Yeshua respondió como lo hizo.1385
En comparación, el lavamiento de todo el cuerpo se lleva a cabo en la salvación. Debido a que aún conservamos nuestra vieja naturaleza pecaminosa, seguimos pecando; por lo tanto, usando la analogía del lavamiento, nuestros pies se ensucian. Por lo tanto, debemos continuar lavando los pies confesando nuestros pecados. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).
…ustedes están limpios, aunque no todos. Ahora ellos estaban confundidos de nuevo. Claramente Sus palabras significaban que algunos de ellos, o al menos uno de ellos, no estaban limpio. En la analogía del lavamiento, ser impuro significaba estar separado de Cristo. Porque sabía quién lo entregaba; por eso dijo: No todos estáis limpios (Juan 13:11). Jesús dijo que Judas no estaba limpio; por esa razón, Judas no fue salvo.
Judas es un excelente ejemplo de un “creyente profesante” que cayó en la apostasía absoluta. Durante tres años siguió al Señor con los demás apóstoles y parecía ser uno de ellos. Presumiblemente se consideraba creyente, al menos al principio. Es dudoso que se uniera a los demás apóstoles con la intención de rebelarse contra Cristo. Pero, en algún momento del camino, se volvió ávido de fama, si no de dinero. Aparentemente Judas inicialmente compartió la esperanza del Reino mesiánico y probablemente creyó que Yeshua era el Mesías. Después de todo, lo había dejado todo para seguir al Señor. El parecía ser salvo.
Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, Judas fue el compañero constante de Cristo. Presenció los milagros del Ungido, escuchó Sus palabras e incluso participó en Su ministerio. Durante todo ese tiempo, nadie cuestionó su fe. Y él tenía el mismo estatus que los demás apóstoles. Pero, excepto el mismo Salvador, quien conocía los pensamientos del oscuro corazón del traidor, nadie sospechó jamás que traicionaría al Maestro.
Sin embargo, mientras los demás se convertían en apóstoles, Judas, discretamente, se convirtió en una herramienta malvada y calculadora del Adversario. Cualquiera que pareciera ser su carácter al principio, su fe no era real. Y su corazón se endureció gradualmente, hasta convertirse en un falso apóstol que vendió al Hijo de Dios por un puñado de monedas. Al final, estaba tan dispuesto a obedecer las órdenes del tentador que el mismo diablo lo poseyó (Juan 13:27).1386
No todos están limpios, ¿qué significaba eso? Los apóstoles esperaban una explicación más detallada de las palabras de Jesús. Así que, después de lavarles los pies, tomó su manto, volvió a reclinarse y les dijo: ¿Entendéis lo que os he hecho? (Juan 13:12). Todos ellos se habían bañado esa misma mañana en Betania y Yeshua lo sabía. Ahora les había lavado los pies, pero al mismo tiempo Él insistía en que no todos estaban limpios. Ante la pregunta, todos se miraron esperando que alguien respondiera, pero todos negaron con la cabeza. En consecuencia, el Buen Pastor decidió que, para aclarar la lección, debía comenzar comparando Su posición con la de ellos.
Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy (Juan 13:13). La lección que ellos debían aprender de esto es que debían reconocerlo como Maestro y Señor. Pues si Yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros (Juan 13:14). Si Él estaba dispuesto a hacerlo, ellos también debían hacerlo (y nosotros también). Esto parecía razonable —un poco extraño, quizás, pero razonable—; asintieron con seriedad. Lo entendieron y aceptaron. Porque ejemplo os di, para que como Yo os hice, así también hagáis vosotros. En verdad, en verdad os digo, un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis (Juan 13:15-17). Si Jesús estaba dispuesto a asumir el papel de Siervo, ¿cuánto más deberían ellos (y nosotros) asumir el rol de siervo? Y como siervos del Señor, no podían ser más grandes que Él, quien no se consideró superior al lavar los pies. Ellos se apresuraron a ponerse de acuerdo con Yeshua. Ahora comían felices y sin restricciones, separando trozos de carne del hueso, limpiándose los dedos y mojándolos en las hierbas amargas. Comprender la propia pequeñez era, en sí mismo, insuficiente. Había que practicar la humildad, preferiblemente en público, como Él lo había hecho.
El cielo se dividía como un espejo cóncavo y la fiesta de Pésaj se celebraba en cada rincón de la ciudad de David. Jerusalén estaba tranquila bajo las estrellas. Pequeños escuadrones de soldados romanos recorrían las calles de la ciudad, pero su conversación era apagada y no había nada lo suficientemente importante como para alertarlos. En otra parte de la ciudad, desde donde Jesús se reclinaba, Caifás, el sumo sacerdote, se reclinaba con su suegro, el poderoso Anás, y con su familia. Al noreste de ellos, en la Ciudad Alta, Herodes Antipas, el rey, holgazaneaba en el hermoso palacio de los asmoneos, ignorando las prácticas judías que pretendía apreciar. Al oeste de Antipas, en las afueras de la ciudad, Poncio Pilato estaba sentado con su esposa en el pretorio, pues era uno de los pocos procuradores autorizados a llevar a su esposa a las provincias. Todos ellos se encontrarían con el Rey de reyes en pocas horas. En ese momento, sin embargo, nadie más que Caifás pensó en el encuentro o en lo que significaría.
Jesús dijo claramente que no se refería a todos los presentes, pero sabía todo el tiempo que era Judas. Dijo: No lo digo de todos vosotros, Yo sé a quiénes he elegido, pero para que se cumpla la Escritura: El que come de mi pan levantó contra mí su calcañar (Juan 13:18), Yeshua alzó un poco Su voz al citar el Salmo 41:9: Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, que comía de mi pan, Levantó contra mí su calcañar. La comida cesó de golpe. ¿De verdad lo ellos lo habían entendido bien? Cada apóstol se había empapado del TaNaJ, y para cada uno de ellos las antiguas palabras eran tan familiares como las arrugas en el rostro de su madre. Las palabras significaban que un amigo había traicionado al Salvador de los pecadores. Durante el último año, el Mesías había usado el TaNaJ varias veces para demostrar que los acontecimientos de Su vida habían sido predichos hacía mucho tiempo. Ahora les decía que uno de los suyos traicionaría a Jesús. De vez en cuando, se les había pedido que creyeran cosas que no eran fáciles de creer, pero, como su Señor les había pedido que creyeran, ellos habían aprendido a aceptar Sus palabras y a guardarlas en Sus corazones como verdad.
¿Pero quién era? Los apóstoles se sintieron avergonzados de que los pillaran mirándose. ¿Quién, en realidad? Ellos se miraron y apartaron la mirada. Él no podía referirse a la conspiración del sumo sacerdote contra Su vida. Ellos lo sabían desde hacía tiempo y les aterraba la idea de estar en Jerusalén, cerca de la casa de Caifás. Pero Caifás no fue quien compartió el pan con Yeshua.1387
Jesús estaba mojando Su pulgar y el índice en las hierbas amargas. Él vio que los talmidim estaban desmoralizados y Sus ojos se le pusieron pesados. Entonces dijo: Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que Yo soy. En verdad, en verdad os digo: El que recibe al que Yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió (Juan 13:19-20).
¿Qué pasa si servimos y nadie se da cuenta? ¿Qué pasa si ayudamos y a nadie le importa? ¿Qué pasa si nos ofrecemos a servir y somos rechazados? Bienvenidos a un mundo de siervos. El Mesías nunca predijo cómo responderían aquellos a quienes servía; simplemente nos puso Sus acciones como ejemplo. Oramos por estar alerta, tener oportunidades y la sabiduría para responder como lo haría Jesús. Mientras tanto, aprendemos a expresar gratitud a Yeshua por Su inmensurable acto de servicio al ir a la cruz por nosotros.
1. La humildad no se anuncia. Cristo no se levantó de la mesa y anunció con valentía: «ahora voy a demostrar humildad». Simplemente comenzó a lavar los pies. Una vez que alguien llama la atención sobre su acto de servicio, este se contamina de orgullo (vea Jd – Siete Ayes sobre los maestros de la Torá y los fariseos).
2. La humildad no discrimina. Jesús no pidió a Sus discípulos que le lavaran Sus pies a él a cambio, sino que se los lavaran unos a otros. Seamos sinceros: la mayoría haríamos fila para lavarle los pies al Salvador porque Él es digno. Pero ¿cuán dispuestos estamos a lavarle los pies a otra persona en la iglesia o sinagoga mesiánica que no nos gusta mucho? Esta lección impactaría profundamente a los apóstoles más tarde, cuando recordaron a Yeshua se inclinó ante Judas para lavarle los pies, junto con los demás.
3. La humildad es contra-intuitiva. Anteriormente en Su ministerio, Cristo declaró categóricamente: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos (Marcos 9:35b). Jesús, como Rey del nuevo Reino, se redujo a ser el último de la humanidad, tomando sobre sí el pecado del mundo… haciéndose pecado, por así decirlo (Segunda Corintios 5:21) y luego sufriendo la muerte más humillante jamás concebida por la humanidad. Si bien nadie puede igualar Su humanidad, estamos llamados a imitar a nuestro Maestro.
4. La humildad es estar dispuesto a recibir el servicio sin vergüenza. Uno suele sentirse avergonzado por las obras de servicio porque percibe que se han violado las normas habituales de estatus o rango. Para Pedro, solo los menores debían servir a los mayores. Cristo invirtió esta norma mundana. Los “mayores” en el reino de Dios sirven y reciben dicho servicio sin importar su estatus, valor ni rango.
5. La humildad no es un signo de debilidad. Yeshua no sirvió a Sus talmidim porque era débil, necesitaba la buena voluntad de ellos, deseaba Su aprobación o anhelaba la lealtad de ellos. El Mesías, nada menos que Dios mismo, se inclinó para servir a quienes amaba. Él lavó esos veinticuatro pies porque estaban sucios y necesitaban lavarse.
6. La humildad incluye servirnos unos a otros, no sólo al Señor. Servir al Señor es el mayor deleite del mundo; servirnos unos a otros no siempre es tan gratificante. El Mesías es digno de nuestro servicio y fácil de amar; sin embargo, nuestros hermanos y hermanas, manchados y a veces dolorosos, no siempre son amables y con frecuencia no expresan gratitud. No obstante, la humildad genuina no busca otra recompensa que la alegría del servicio mismo.
7. La alegría de la humildad sólo se puede experimentar a través de la humildad en acción. La humildad se logra haciendo, no solo hablando de ello, escuchando a otros hablar de ello o viendo a otros comportarse con humildad. Cristo demostró humildad y luego instó a Sus apóstoles a seguir Su ejemplo.1388
Padre, en Jesús vemos el modelo perfecto de servicio humilde. Ayúdanos a ser como Él. Abre nuestros ojos a las necesidades de los demás. Ayúdanos a seguir Tu Palabra. Ayúdanos a seguir los pasos de Cristo.1389


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