La mujer sorprendida en el acto de adulterio
Juan 7:53 a 8:11
La mujer sorprendida en el acto de adulterio ESCUDRIÑAR: ¿Por qué los líderes religiosos trajeron a la mujer adúltera ante Yeshua (vea Levítico 20:10 y Deuteronomio 22:22)? ¿En qué se diferenciaba la actitud del Señor hacia la mujer de la actitud de la multitud? ¿Por qué cree que los hombres mayores fueron los primeros en irse de la escena? ¿Con qué grupo o persona de la historia se identifica? ¿Qué palabras usaría para describir la forma en que Jesús trató a la mujer culpable? ¿Cómo abordó su pecado? En lo último que Cristo le dijo a la mujer, ¿cuál cree que era el tono de Su voz y qué significaba?
REFLEXIONAR: ¿Cómo le anima a usted la interacción de Yeshua con esta mujer pecadora? ¿Cuál fue la actitud de los líderes religiosos hacia la mujer? ¿Y hacia Jesús? ¿Cómo podemos evitar estas mismas actitudes? ¿Qué revela este pasaje sobre la perspectiva de Dios sobre el pecado? ¿Por qué cree que consideramos algunos pecados mucho peores que otros? ¿Cómo cuestiona este pasaje su actitud hacia las personas atrapadas en ciertos pecados? ¿Quiénes son las personas en su vida que le aceptan sin importar lo que usted haya hecho?
Vea Ntd.
Tras los conflictos del último día de Sucot, el Mesías regresó al Monte de los Olivos. Normalmente, cuando estaba en Jerusalén, solía buscar hospitalidad en casa de Lázaro, Marta y María para pasar la noche (Juan 7:53 a 8:1). Pero es más probable que en esta ocasión, Jesús siguiera la costumbre de la fiesta y se alojara en una cabaña temporal erigida en el Monte de los Olivos, en lugar de buscar la comodidad del hogar de Sus amigos.945
El día siguiente era el octavo día de la Fiesta de las Cabañas, mencionado en la Torá/Ley como una asamblea especial de clausura, en el que no se debía realizar ningún trabajo regular (Levítico 23:36, 39; Números 29:35). De hecho, se consideraba un día festivo aparte. En hebreo rabínico se le llama shemini atzeret, que significa asamblea festiva del octavo día.
Los cuatro grandes candelabros de oro que se encendían cada noche durante la fiesta, aún se encontraban en el Patio de las Mujeres. Permanecían allí todo el año, aunque solo se usaran en Sucot y Janucá. Sin embargo, su sola presencia recordaba constantemente a los visitantes del Templo su particular significado. Este era el mismo lugar donde la procesión de Shoeva (ó Hashoeivah), es decir, el ritual de la extracción de agua, había culminado el día anterior (vea el enlace, haga clic en Gp – En el último y gran día de la fiesta). Y al amanecer, vino otra vez al templo, y todo el pueblo venía a Él; y sentándose, les enseñaba (Juan 8:2). Fue al amanecer del octavo día que Jesús se presentó de nuevo en el Patio de las Mujeres, cerca del lugar donde se recogían las ofrendas, y se sentó a enseñar. Algunos asintieron con la cabeza y abrieron sus corazones en obediencia. Habían aceptado al Maestro como su Maestro y estaban aprendiendo a aceptarlo como su Señor. Desconocemos el tema de esa mañana. Quizás la oración. O tal vez la bondad o la ansiedad. Pero, fuera lo que fuese, pronto se interrumpió debido a un alboroto que se dirigía directamente hacia ellos.
Un grupo pequeño pero decidido irrumpió por la Puerta Oriental y se dirigió con paso resuelto hacia el Maestro. Los oyentes se apresuraron a apartarse. La turba estaba compuesta por maestros de la Torá y fariseos, y una mujer, que se encontraba luchando por mantener el equilibrio en la cresta de esta ola furiosa.
Sólo pasó poco tiempo antes de que ella fuera sorprendida en la cama con un hombre que no era su esposo. Esto no fue un descubrimiento accidental. Fue una trampa. Una trampa para la mujer y una trampa para Jesús. Los maestros de la Ley y los fariseos sabían que Jesús estaría allí por la mañana donde siempre estaba, enseñando al pueblo. Quién sabe cuánto tiempo antes ellos habían planeado esto. Ahora la trampa estaba tendida. Durante la festividad de Sucot, todos los israelitas debían vivir en cabañas (Levítico 23:42). Por la noche se podía asistir al alegre servicio de adoración en el Patio de las Mujeres; sin embargo, eso no era obligatorio. El pueblo también iba a sus cabañas a descansar o dormir. Parece que esta mujer encontró a un hombre que no era su esposo para tener relaciones sexuales. O, más probablemente, él la encontró a ella. Los maestros de la Torá y los fariseos necesitaban a alguien que fuera la víctima de su perverso plan.946 Apenas tuvo tiempo de cubrirse, cuando dos hombres, obviamente fariseos, la arrastraron a la calle hacia el Monte del Templo. Prácticamente la llevaron a través de la Puerta de la Inspección (Miphkad), la Puerta de Susa, el atrio exterior y la Puerta Oriental hasta el Atrio de las Mujeres, a toda velocidad. Con “pasos santos” ellos se abalanzaron sobre el Mesías y, prácticamente la empujaron a ella ante Él. Ella tropezó y casi se cae.
Los escribas y los fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio (Juan 8:3a). Este breve episodio ilustra hasta qué punto los líderes religiosos estaban dispuestos a llegar para atrapar y desacreditar públicamente a Yeshua. Ya habían intentado socavar Su autoridad y se habían esforzado por arrestarlo. Ahora continuaban poniendo a prueba Sus creencias con esta cruda confrontación, en la que una mujer, claramente atrapada en su complot, fue llevada ante Él para ser juzgada. El tema que ellos eligieron fue uno cuya pena no era debatible: el adulterio.

…y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio (Juan 8:3b-4). Los maestros de la Torá/Ley y los fariseos con aires de superioridad moral, llevaron a la mujer ante el Maestro que estaba enseñando. Todos los presentes sabían lo que eso significaba. Entonces, el líder, con alegría, activó la trampa cuando hábilmente, con veneno goteando de sus labios dije: en la ley, Moisés nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres; ¿tú, pues, qué dices? (Juan 8:5). En esta pregunta el “tú” en griego es enfático. Nadie, ni el grupo al que el Mesías enseñaba, ni los oponentes del Rey, ni la propia mujer, esperaban la respuesta que Él les dio.947 No había duda de la culpabilidad de ella. Los judíos contaban con un tribunal para juzgar estos casos, pero como era costumbre pedir a veces la opinión de un rabino, ellos creían tener todo perfectamente preparado para la emboscada. Su objetivo era que Yeshua contradijera a ADONAI. Este fue el único intento para que el Nazareno dijera algo que violara uno de los 613 mandamientos de la Torá. Ellos creían que esta vez lo tenían en un “jaque mate”.
Decían esto, probándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús se inclinó y con el dedo escribía en la tierra (Juan 8:6). Habían sido muy diligentes en su planificación. Pero sus malas intenciones quedaron expuestas por no seguir la Torá/Ley al pie de la letra. El Ruaj HaKodesh inspiró al autor humano Moisés a escribir: Si un hombre comete adulterio con la mujer de otro hombre, (que cometa adulterio con la mujer de su prójimo), el adúltero y la adúltera ciertamente han de morir (Levítico 20:10).
Pero Jesús se negó a responder. Simplemente se inclinó y con el dedo escribía en la tierra (Juan 8:6b). Ha habido mucho debate sobre lo que Jesús realmente estaba escribiendo. Pero la Biblia no está incompleta. El Espíritu Santo no nos oculta nada que necesitemos saber. Podríamos descubrirlo en el cielo, pero en este momento no necesitamos saber lo que Él escribió. El texto griego enfatizaba la palabra dedo, no la escritura. La palabra «dedo» se coloca en posición enfática al principio de la oración. ¿Por qué se enfatizaría el dedo? (Éxodo 31:18, 32:15-16; Deuteronomio 4:13, 9:10)
De los 613 mandamientos que Dios le dio a Moisés, 603 fueron escritos en pergamino con pluma humana. Diez fueron grabados en tablas de piedra por el dedo de Dios. Uno de estos mandamientos prohibía el adulterio (vea el comentario sobre Éxodo Dq – No cometerás adulterio). Yeshua fue el autor de ese mandamiento (Juan 1:1) y conocía muy bien el castigo por el adulterio y el pecado.
La Torá/Ley exigía claramente la pena de muerte para quien fuera declarado culpable de adulterio. Además, los mandamientos también exigían que quienes testificaran en un juicio no deberían ser testigos maliciosos (Deuteronomio 19:16). Sin embargo, el hecho de que el hombre no estuviera con ella (se necesitan dos para bailar el tango) sugiere que el incidente fue orquestado para atrapar a la mujer y, así, confrontar al Rabino con un dilema insostenible: apoyar el mandamiento de Moisés (que exigía su ejecución) o apoyar la ley romana (que prohibía la pena capital judía por lapidación). ¿A qué autoridad apoyaría Jesús?
Pero como insistían en preguntarle, Jesús se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra (Juan 8:7). La Torá/Ley exigía que la apedrearan hasta la muerte. Pero, de acuerdo con la Torá, se exigía que testigos cualificados, o no maliciosos, iniciaran la ejecución. Si un testigo falso se levanta contra un hombre para acusarle de transgresión, los dos litigantes se presentarán delante del SEÑOR, delante de los sacerdotes y de los jueces que haya en esos días. Y los jueces investigarán minuciosamente; y si el testigo es un testigo falso y ha acusado a su hermano falsamente, entonces le haréis a él lo que él intentaba hacer a su hermano. Así quitarás el mal de en medio de ti. Los demás oirán y temerán, y nunca más volverán a hacer una maldad semejante en medio de ti. Y no tendrás piedad: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie (Deuteronomio 19:16-21).
Pero Moisés también dijo que esos testigos debían, en efecto, tirar la primera piedra. En otras palabras, no podían ser culpables del mismo pecado que el acusado. La mano de los testigos caerá primero contra él para darle muerte, y después la mano de todo el pueblo. Así quitarás el mal de en medio de ti (Deuteronomio 17:7). Es posible que la persona con la que ella mantenía relaciones sexuales fuera uno de sus acusadores.
Pero como insistían en preguntarle, Jesús se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra (Juan 8:7). Este versículo se saca constantemente de contexto. Primero, muchos dicen: «no deberían andar juzgando a los demás». Confrontar y excomulgar a un creyente involucrado en pecado es muy diferente de simplemente “juzgar” a alguien, ya que implica discernimiento y juicio (vea Gi – Si un hermano o una hermana peca, ve y señala su falta). En última instancia, Cristo es el Juez. Porque ni aun el Padre juzga a nadie, sino que todo juicio se lo ha confiado al Hijo (Juan 5:22). Pero, estamos llamados a ser inspectores del fruto. Por sus frutos los conoceréis… Así, todo árbol bueno da frutos buenos; pero el árbol malo da frutos malos (Mateo 7:16a-17).
Jesús tampoco dice: «si usted no es perfecto, no tire la primera piedra». Si Él lo hubiera dicho, habría contradicho la Torá/Ley. Esta no exigía la perfección sin pecado de los acusadores para que un acusado pudiera ser ejecutado. Sin embargo, la Torá/Ley sí exigía la ejecución para ciertos casos de pecados, uno de los cuales era el adulterio. Por lo tanto, si Jesús hubiera dicho que los acusadores debían ser perfectos, habría contradicho la Torá y los líderes religiosos habrían logrado atrapar a Jesús. Ellos habrían tenido una base para acusarlo, y eso era precisamente lo que ellos buscaban.
Un punto más importante es que los dos o tres testigos cuyo testimonio la condenaba a muerte, y que fueran responsables de tirar la primera piedra, no debían ser culpables del mismo pecado que ella. Trague saliva.
E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra (Juan 8:8). Alguien se aclaró la garganta como si fuera a hablar, pero nadie habló… arrastraron los pies. Ellos no podían mirarse entre sí. Los ojos miraban fijamente la tierra. Entonces, ¡zas!, ¡zas!, ¡zas!, ¡las piedras cayeron al suelo!
Pero al oír ellos esto, se fueron retirando uno a uno comenzando por los de mayor edad, y dejaron solo a Jesús y a la mujer que estaba en medio (Juan 8:9). ¡Qué impactante! Estas autoridades religiosas habían desafiado al Mesías desde la Torá/Ley. Él los enfrentó en su propio terreno, entonces Su Palabra escrita y hablada los venció. Convencidos por sus conciencias, se marcharon. Enderezándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado? (Juan 8:10) Tal vez ella esperaba que la regañara o tal vez esperaba que Él se alejara disgustado. No estoy seguro, pero yo sé esto: lo que ella recibió, nunca lo imaginó. Ella recibió compasión y una comisión.
Y ella respondió: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más (Juan 8:11). El Salvador de los pecadores no excusaba el pecado de ella. Decía que los acusadores no tenían derecho legal a condenarla a ella. Luego se dio vuelta y se alejó del anonimato, y nunca más se supo de ella. Pero de una cosa podemos estar seguros: aquella mañana en Jerusalén, ella vio al Hijo de Dios, y Él la vio a ella. Esos ojos ¿cómo podría ella olvidarlos? Llenos de lágrimas, ojos que no la vieron como era, sino como debía ser. Pero observen que Yeshua no cedió en Su oposición al adulterio, a pesar de que la mujer adúltera enfrentaba la posibilidad de la violencia de la multitud. Él llamó al adulterio un pecado y le ordenó arrepentirse y cambiar su conducta.
De nuevo, este fue el primer intento de ellos de que Yeshua contradijera un punto de la Torá/Ley, y fracasaron estrepitosamente. Ellos nunca volvieron a intentar esta estratagema, sino que simplemente volvieron a acusar continuamente al Mesías de violar la Ley Oral (vea Ei – La Ley Oral).
Una última reflexión. Cabe señalar que cuando Cristo obedeció la Torá, lo hizo porque era judío. La Torá/Ley no fue dada a los gentiles. Pero, habiendo obedecido perfectamente la Torá, también la obedeció como nuestro sustituto, especialmente para los creyentes judíos. Cuando el Señor murió, murió cargando sobre Sí el castigo de la Torá/Ley. Obviamente, no era culpable de violar la Torá, por lo que el castigo de la Torá bajo el cual murió no fue por Su propio pecado, sino como sustituto de otros. Nuestro Salvador murió una muerte penal y sustitutiva. Pudo ser nuestro sacrificio de sangre final, nuestro sustituto, porque Él, y solo Él, guardó la Torá/Ley a la perfección.948
Padre, Tú eres compasivo y perdonador. Al igual que la mujer de esta historia, nos asombramos de Tu misericordia. Te agradecemos Tu amor incondicional. No somos lo que deberíamos ser, pero aceptamos Tu perdón y clamamos Tu salvación.
Ntd: Juan 7:53-8:11 Esta historia, aunque probablemente auténtica, es omitida en muchos manuscritos, y es posible que no fuese originalmente parte de este evangelio. Aquí se usó la LBLA.


Leave A Comment