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Anás interroga a Jesús
Juan 18:12b-14 y 19-24
Alrededor de las 2 am del viernes, el día 15 de Nisán

Una vez que el contingente entró en las murallas de Jerusalén, el tribuno detuvo la marcha y preguntó a la guardia del Templo si necesitaban más ayuda. Ellos dijeron que no y tomarían el control del prisionero. Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote (Juan 18:24)Y los que prendieron a Jesús le llevaron ante el sumo sacerdote Caifás, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos (Mateo 26:57; Marcos 14:53; Lucas 22:54). Los romanos se retiraron a la Fortaleza Antonia y se preguntaron por qué los habían necesitado en primer lugar y, de hecho, por qué los judíos necesitaban 500 de ellos.

La marcha se reanudó y, afortunadamente, había muy poca gente merodeando por el noroeste de Jerusalén a esa hora de la mañana. Los pocos que había se detuvieron a contemplar las linternas, las antorchas, la ruidosa marcha y al prisionero solitario en medio de todo. Pero no hubo manifestaciones por el Mesías. Ni clamores por Su liberación. De hecho, nadie, al menos hasta el momento, parecía siquiera reconocerlo.

Los sacerdotes y otros se felicitaron por haber tomado el largo camino de regreso. Había cumplido su propósito. El Templo, en ese momento, podría estar repleto de seguidores del Nazareno, y si el prisionero hubiera sido conducido atado por la Puerta Oriental al Atrio de los Gentiles, podrían haberse manifestado, o incluso haber luchado contra la guardia del Templo. Entonces se habría desatado un motín que solo habría terminado cuando Pilato enviara a sus soldados.

De camino a las mansiones de Caifás y Anás, los saduceos y fariseos se pusieron alegres. La tarea estaba a punto de terminar y se sintieron libres de admitir que, durante un tiempo allí, en el monte de los olivos, cada uno había estado secretamente preocupado. Todos habían oído hablar de tales maravillas que este hombre había realizado, lo que les había generado cierta inquietud. ¿Quién habría imaginado que resultaría ser un simple nazareno? Si de algo tenían de qué avergonzarse los miembros del Sanedrín, era de haber considerado oportuno llevar consigo a un grupo tan numeroso para realizar esa tarea. Un hombre con un garrote podría haber hecho huir a los compañeros de Jesús y, como el Galileo no creía en la violencia, podría haber sido atado y llevado sin resistencia.

El contingente llegó al gran patio doble frente a las casas contiguas de Anás y Caifás. Hubo un intercambio de palabras alegres mientras los sirvientes abrían las puertas. Normalmente, habrían entrado por la puerta de los sirvientes, pero esta era demasiado pequeña para la multitud victoriosa. Se precipitaron al interior, empujando a la víctima ante ellos. Se encendieron más lámparas a la vez, pues había un distinguido grupo de la élite religiosa en el recinto que deseaba observar bien a este hombre. Los miembros del Gran Sanedrín, convocados apresuradamente, salieron corriendo de la casa de Caifás, sujetando sus túnicas blancas contra las losas mientras corrían por el patio.

Algunas de las mujeres de la casa salieron y se quedaron a la sombra del balcón para ver al prisionero sobre el que sus hombres habían debatido tantas veces. Algunos de los captores corrieron a contarle a Anás que el blasfemo ya estaba bajo vigilancia frente a su casa. Caifás bajó lentamente las escaleras. Ahora, con el fin a la vista, tenía paciencia. Su principal interés no era confrontar al Nazareno, sino obtener los informes de sus hombres sobre cómo se había llevado a cabo el arresto, cuál podría ser la actitud de los romanos, dónde se encontraba su grupo de seguidores y si se había producido algún levantamiento popular contra la voluntad del Tribunal Supremo Judío, el Gran Sanedrín (vea el enlace, haga clic en Lg El Gran Sanedrín).

El sumo sacerdote escuchó los informes. Todos eran buenos. El asunto se había manejado con discreción y la Ciudad Santa ni siquiera estaba al tanto de lo sucedido. Caifás estaba eufórico. Él había asestado un “buen golpe” a Dios y al Templo. Una llaga se había abierto en el cuerpo de Judea… y él, Caifás, había detenido la hemorragia. Se acarició la sedosa barba y ordenó que llevaran “al falso” Mesías a la casa contigua, a Hananyah (Hananías), que era el nombre hebreo de su suegro Anás.

Esta fue una maniobra diplomática. Caifás podía esperar. Era apropiado permitir que Anás viera primero el rostro del prisionero y realizara el primer interrogatorio. Además, Caifás sabía lo que haría su suegro: ordenaría que el prisionero fuera devuelto de inmediato al sumo sacerdote en funciones y al Gran Sanedrín para su juicio.1516

Luego ataron a Jesús, y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año (Juan 18:12b-13). Anás era pequeño, delicado, sutil y preciso. Cuando Yeshua tenía once años, Publio Sulpicio Quirino, quien entonces iniciaba su segundo mandato como Procurador Romano de toda Siria, había nombrado a Anás sumo sacerdote. Así, Anás se hizo rico e influyente más allá de las fronteras de su país. El era un brillante conspirador, y le temían hombres en puestos de poder superiores al suyo.

La casa de Anás estaba junto a la casa de Caifás, en el barrio esenio. Estaba construida en la ladera de la colina, y debajo de la vivienda principal había un piso inferior con un pórtico. No quería que el prisionero estuviera dentro de su casa, así que salió al pórtico y ordenó que le trajeran al Nazareno. Fue sumo sacerdote del 7 al 14 dC. Desde la perspectiva judía, el sumo sacerdote ocupaba su cargo vitalicio. Pero Valerio Gratus, el procurador romano de Judea bajo el emperador Tiberio, depuso a Anás y lo sustituyó por Ismael hijo de Fabi, después a Eleazar hijo de Arianus, después a Simón hijo de Camit, y por último a Caifás.

Aunque el Procurador destituyó a Anás desde su cargo, había mantenido el negocio del Templo como una industria privada, y nadie compraba un cordero, una paloma o incluso un buey como sacrificio sin pagarle. Por lo tanto, Anás mantenía el control tras bambalinas como sumo sacerdote a través de su yerno Caifás. Pero desde la perspectiva romana, Caifás era el sumo sacerdote. El Gran Sanedrín tenía 21 reglas sobre los juicios, y en su afán por matar a Jesús, las quebrantaron todas el 15 de Nisán. Porque trajeron a Yeshua a la casa de Anás en medio de la noche rompieron la regla número 6 que decía que los juicios del Sanedrín solo podían llevarse a cabo en la sala del juicio en el recinto del Templo (vea Lh Las normas del Gran Sanedrín respecto a los juicios).

Mientras tanto, Anás, el anciano líder real de los saduceos, el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina (Juan 18:19). Las autoridades religiosas finalmente estaban cerca de lograr su objetivo de deshacerse de este alborotador de Galilea. Pero como no se permitiría ningún proceso penal después del atardecer, esto infringió la regla número 2 (vea Lh Las normas del Gran Sanedrín respecto a los juicios). Los guardias empujaron y arrastraron al Ungido hasta Anás, no porque despreciaran al prisionero, sino porque querían mostrar celo ante Anás, el verdadero poder tras bambalinas. Como Jesús no se apresuró, lo patearon.

El anciano se sentó y observó al joven convicto. Nadie sabe con certeza qué pensamientos cruzaron por su mente ni qué preguntas surgieron de sus labios. Él se sentó y observó, y quizá se preguntó, distraídamente, qué motivó a un joven desconocido a hacerse pasar por el Salvador del mundo. Este hombre no parecía un lunático. Los informes que habían llegado durante más de un año tendían a mostrar justo lo contrario. El Nazareno parecía inteligente; se decía que era un gran versado en la Torá/Ley, aunque nadie sabía qué escuela rabínica había seguido. Era un carpintero robusto; y no era dado a la extravagancia ni al vicio. Entonces, ¿por qué?

Anás lo miró durante mucho tiempo. No juzgaría a este hombre, que lo hiciera Caifás. Las leyes del Sanedrín establecían que no menos de veintitrés miembros del Gran Sanedrín podían juzgar un caso de pena capital, y el anciano estaba seguro de que, para entonces, su yerno ya había despertado y convocado a los demás miembros. Aun así, era interesante preguntarse por qué un hombre querría hacerse pasar por el Mesías, ya que debía saber que tarde o temprano sería desafiado por el Templo. De hecho, la probabilidad de ser desafiado por el Templo era directamente proporcional al éxito del llamado Mesías. Y este tuvo un gran éxito. Pero incluso así, podría haber evitado el desafío y la acusación de blasfemia si no hubiera derribado las mesas de los cambistas de Anás y condenado el mercado de animales de Anás (vea Bs La primera purificación del Templo por parte de Jesús en la Pascua).1517

A mediados de sus cincuenta años, la vida de Anás había girado en torno a la obtención de riqueza y poder. Probablemente le preguntó al Rabino detenido por qué Él no creía en la Ley Oral (vea Ei La Ley Oral). ¿Quiénes eran Sus seguidores y cuántos? El estaba acostumbrado a que hombres como Yeshua se humillaran ante él y suplicaran misericordia. Pero Jesús no lo hizo. En cambio, miró fijamente a este líder mundano y Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? (Juan 18:20-21b). Bajo las reglas del Sanedrín con respecto a los juicios, Yeshua las sabía –y también Anás– que era contrario a sus normas solicitar el testimonio de cualquier persona, salvo de testigo y quienes confirman su testimonio. Además, según sus normas, ningún preso tenía que someterse a un interrogatorio preliminar. Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho (Juan 18:21).

Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? (Juan 18:22), lo que rompió la regla número 20 que decía que los jueces debían ser amables y humanos (vea Lh Las Leyes del Gran Sanedrín Respecto a los Juicios). El Santo meneó la cabeza para borrar los efectos del golpe. Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote (Juan 18:23-24). Entonces Anás se levantó y envió a Jesús, de vuelta a su yerno, el sumo sacerdote, y Caifás era el que había dado aquel consejo a los judíos: Conviene que un solo hombre muera por el pueblo (Juan 18:14). El fin había comenzado.